
Sevilla merece capítulo aparte. La ciudad es un amasijo de belleza multicolor. El río Guadalquivir, que la duerme y la mima como una niña de porcelana, recorre silente bajo los puentes. Los barrios y las callejuelas rezuman olores de batallas antiguas, piedras rematadas con la historia y el romance de tantas parejas de enamorados que dieron entre sus tapias cobijo a mil besos furtivos. Sevilla es el encuentro de la mirada con el éxtasis, la ficción más real de una luna en la almohada del río, el recuerdo de unos ojos negros tras el Callejón del Agua.
La Giralda es la hermosa torre que contribuye a dar realce de preciosa dama a Sevilla. Su construcción, ordenada por Yusuf II, se llevó a cabo entre 1184 y 1198, para que sirviese de minarete a la mezquita mayor de la Sevilla musulmana. El padre de tan bello monumento fue Aben ben Baso. La torre se levanta 100 metros por encima de los tejados de la ciudad, y en su interior existe una rampa que facilita la ascensión hasta la terraza superior.
Los dos primeros metros de la Giralda se construyeron en piedra, pero para el resto de la construcción se utilizó el ladrillo. La parte superior, en su origen, se remataba con cuatro esferas de bronce, pero se perdieron durante el terremoto de 1355. Así pues, entre 1558 y 1568, el arquitecto cordobés Hernán Ruiz, conocido como el Joven, le añadió en la parte superior el campanario, al que se puede acceder y contemplar desde allí las mejores vistas de Sevilla, y el remate final. Este remate consta de cuatro jarras de bronce con azucenas.
En lo más alto de la torre se colocó una veleta con la imagen de la Fe, a la que pronto se le llamó el Giraldillo. La estatua es una de las obras en bronce más importantes del Renacimiento andaluz, y mide algo más de 7 metros y medio. De las esquinas de poniente de la torre, podéis visitar el famoso Patio de los Naranjos, el único resto, junto con la propia Giralda, de la mezquita mayor de Sevilla.

Los Reales Alcázares
Al este de la Catedral se levantan los Reales Alcázares. El origen de esta fortaleza se remonta al siglo IX, cuando Abderramán II ordenó su construcción para defender la ciudad tras el intento de conquista llevado a cabo por los normandos, que habían remontado el Guadalquivir. Más tarde, en el siglo XI, Al Mutamid lo convirtió en residencia real. Es el mejor palacio mudéjar que existe en la actualidad.
Entramos en los Reales Alcázares por la Puerta de León, defendida por dos poderosas torres. Allí accedemos a la Sala de la Justicia, mandada construir por Alfonso X. Allí murió Don Fadrique, en 1358, a manos de su hermanastro Pedro I. En recuerdo, se sitúa el Palacio de Pedro I, que da al Patio de la Montería y al Patio de las Doncellas, obra maestra del mudéjar andaluz.
Alrededor de estos patios se halla el Salón de Carlos V, el Salón del Dormitorio y el Salón de Embajadores. Si accedéis a la segunda planta os encontraréis con el oratorio de los Reyes Católicos y el Cuarto del Almirante. Desde allí, pasad al Patio de las Muñecas, junto a las habitaciones privadas. Desde uno de los balcones de estas habitaciones, contemplad los Jardines de los Reales Alcázares, en forma triangular, y que se prolongan con los Jardines de Murillo, donde está el monumento a Colón.
Sevilla es mucho más. Pero hoy sólo queremos daros estas dos pinceladas. La paleta del arte y de la historia ha dibujado en Sevilla sus mejores cuadros. Otro día nos perderemos en las misteriosas callejuelas del Barrio de Santa Cruz, siguiendo el gorgoteo incesante del agua, o nos dentendremos a beber con la mirada la majestad de la Torre del Oro y contemplar, allá en la otra orilla, cómo baila al compás del atardecer el Barrio de Triana. Sevilla es mucho más, incomparable. Sevilla…
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