El mirador de la Cruz, en Jaén

Asomado al cerro de Santa Catalina, el mirador de la Cruz en Jaén será probablemente el recuerdo más vivo y más bello que te traigas de esta ciudad andaluza. Será ese instante, cuando subes por primera vez a esta colina que domina la capital del Santo Reino, el que inmortalices no solo en tu cámara de foto o en tu móvil, sino también en tu memoria.
Desde este balcón natural, la ciudad se extiende como un puzzle de tejas, torres y olivares que brillan al sol, y uno siente que tiene a Jaén en la palma de la mano.
La gran cruz blanca, encaramada al filo de la roca, sirve de faro para orientarse tanto para los vecinos como para quienes, como tú, vienen a descubrir la esencia de Jaén.
Un poco de historia
La tradición sitúa el origen del mirador en la primavera de 1246. Cuentan las crónicas y las leyendas que, tras conquistar la antigua medina árabe, el rey Fernando III el Santo subió con sus tropas hasta la punta del cerro. Allí, uno de sus capitanes clavó la espada en la roca y la silueta del arma —con la empuñadura en forma de travesaño— pareció una cruz que proclamaba la nueva fe de la ciudad.
El monarca ordenó que siempre hubiera una cruz en ese punto como señal de victoria y protección, encargo que durante siglos cuidaron las religiosas clarisas del monasterio de Santa Clara.
A finales del siglo XIX, el relevo pasó a la familia Balguerías, que asumió el mantenimiento de la señal.
No fue hasta 1951 cuando se erigió la cruz que hoy vemos hecha de hormigón armado pintado de blanco, donado por Dolores y Eduardo Balguerías Quesada.
A sus pies, una lápida recuerda la donación, y en la roca está grabado un soneto del poeta Antonio Almendros Aguilar.
Desde entonces, la cruz se ha convertido en icono permanente del skyline jiennense y en el lugar desde donde se pude descubrir toda la arquiteectura urbana del Santo Reino.

¿Dónde está exactamente este Mirador de la Cruz?
El mirador se alza a unos 820 metros de altitud, en el extremo occidental del cerro de Santa Catalina, apenas a cinco minutos a pie del Castillo de Santa Catalina y del Parador Nacional.
Esa altura le permite dominar de un vistazo el casco histórico —con la imponente Catedral renacentista en primer plano—, los barrios más recientes y, más allá, el mar de olivos que caracteriza a la provincia.
En días claros se distinguen pueblos como La Guardia, Mancha Real o, en la lejanía, las torres de Úbeda y Baeza. Hacia el sur se recortan las sierras de Jabalcuz, la Peña y el Neveral; hacia el este asoma el Parque Natural de Sierra Mágina.
El camino que te llevará desde el castillo de Santa Catalina hasta el mirador te sorprenderá. Las vistas son impresionantes y por momentos parecerás sentirte en plena Naturaleza, allí donde nadie puede alcanzarte.

Cómo llegar sin perderte
- A pie: si te apetece combinar deporte y monumentos, sube desde la plaza de Santa María por la Carrera de Jesús y sigue las señales hacia el Castillo; en unos 45 minutos de buen ritmo coronarás la cima. No obstante, no te recomiendo esa subida pues no es una zona especialmente «tranquila». Más bien te recomiendo subir en transportee público, o en tu propio coche y desdee el castillo iniciar el pequeño camino quee te llevará hasta el mirador de la Cruz, bordeando sus murallas.
- En autobús urbano: las líneas 09, 15, 16, JAB y NEV paran a pocos metros del inicio del sendero, en Martínez Molina o Calle Ramón y Cajal. Desde ahí solo hay que seguir las balizas marrones que marcan “Castillo/Parador”.
- En coche: sube por la circunvalación hasta el aparcamiento del Castillo; las plazas son gratuitas y desde allí un paseo de cinco minutos te deja junto a la cruz. Ten en cuenta, no obstante, que es un párking pequeño y que suele estar ocupado por quienes se alojan en el Parador.
- En taxi: es la opción más cómoda si vas con prisa o en las horas de más calor; basta pedir al conductor que te deje en el Kiosco del Castillo y continuar andando.
¿Y por qué deberías subir hasta el mirador de la Cruz, en Jaén?
Si hay una sola cosa que no debees perderte en Jaén, es venir hasta eeste mirador. Porque no es solo lo que se ve, sino lo que se siente.
Al llegar arriba, lo primero que te atrapa es el silencio, casi abrumador, pues apenas hay gente y hasta allí no llega ningún ruido urbano. Solo suenan las hojas qu pisan, las que el aire arrastra, el vinto quee te susurra y los pájaros qu por allí revolotean.
Y entonces miras abajo, ya desde la primera estribación del sendero… y ahí tienes Jaén entero. La Catedral, en el centro como un corazón de piedra; los tejados rojizos que serpentean hasta los barrios nuevos; y luego, ese mar de olivos que parece no tener fin.

Está todo tan despejado que si te quedas hasta el atardecer verás todas las tonalidades propias de la caída del sol. El cielo cambia de color minuto a minuto, la cruz se va oscureciendo, y poco a poco la ciudad se enciende. Es un momento mágico, de esos que uno guarda para siempre.
Y si te interesa la historia, es un recuerdo de tiempos de conquista, de leyendas y de fe: Este cerro fue frontera, fue vigía, fue símbolo de victoria.
Lo mejor es que lo tienes a un paso del castillo. Puedes visitar las murallas, ver los cañones, comer algo en el Parador, y luego asomarte aquí para cerrar el día con una vista que vale más que mil fotos.
No hay postal más auténtica de Jaén que esta. Y cuando bajes, la ciudad ya no te parecerá igual. Sentirás que la conoces un poco más.
Consejos y datos prácticos
- Si vienes en verano, evita las horas centrales del día: El calor es intenso y apenas hay donde cubrirse.
- Lleva algo de abrigo entre noviembre y marzo; el viento sopla con fuerza en la cumbre y se nota bastante el fresco.
- No olvides asomarte al borde norte; desde allí se aprecia el suave oleaje de la campiña jiennense.
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