Santa Gadea del Cid, bella postal medieval

Santa Gadea del Cid

Leí una vez en una pequeña reseña que para recordar la Edad Media, a Santa Gadea del Cid sólo le hacía falta cambiarse de ropa. Tremendo aventurero de los lugares de renombre, y éste, con sólo nombrarlo, ya lo es, allá que nos dirigimos, dispuestos, como su nombre indica, a encontrarnos con un pasado milenario, medieval, en donde las historias se mezclaran con las espadas.

Allí en la provincia de Burgos, muy cerquita de Miranda del Ebro, blanca en invierno como ella sola, se halla Santa Gadea del Cid, rincón de bellísima arquitectura popular, casas de piedras y serpenteantes callejuelas que, paseándolas, nos hacen sentir el recuerdo y la nostalgia.

Nos perdemos en Santa Gadea del Cid, sin ni siquiera preguntar el nombre de sus calles, haciendo mil y un recorridos, observando la angostura de su laberíntico museo al aire libre de piedra y ladrillo. Plazas porticadas, balcones de madera, macetas de geranios dando ese punto de color a las cosas. Quizás en cualquier momento nos salga al paso un grupo de caballeros dándonos el alto.

Me encantan esas casas de piedra de tejados rojos. Lo aguantan todo, el sol implacable del verano, que en estas sierras debe ser de aúpa, la lluvia casi enfurecida de otoño y el peso blanco de una nevada de invierno. Me resulta difícil encontrar algún pueblo más hermoso en Castilla y León.

Santa Gadea pasó de los condes castellanos a la corona, pasando por una efímera posesión de los condes de Vizcaya. Nos perdemos en la judería de Santa Gadea, tan importante y célebre, que pueblos de los alrededores aún llaman a los de Santa Gadea judíos. El pueblo es Conjunto Histórico desde 1973, y no nos extraña la verdad.

El castillo ruinoso domina el horizonte del pueblo, dándole aún más si cabe una atmósfera de nostalgia a lo que nos rodea. A cada paso que damos, parece como si las calles se cerraran un poco más. Si salimos un poco del centro histórico, visitamos la Ermita de Nuestra Señora de las Eras, de finales del siglo XII. Desde allí nos paramos a contemplar una hermosa vista de Santa Gadea.

Sus murallas con sus dos puertas, el cerco de sus calles apretadas, la torre de la iglesia, madre de los tejados rojos, y allá arriba, cual Quijote de piedra, vencido y desangrado, el horizonte de un castillo, el recuerdo de un destino en el que, ahora sí, para recordar la Edad Media, sólo hace falta cambiarse de ropa.

Foto Vía Flickr

Autor: Jose Manuel Vargas
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